

Yo
he nacido en ese valle
de la tierra lebaniega,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.
Allí
aprendí a llorar,
aprendí a reír
y también a amar.
Y como amar es sufrir,
también aprendí a rezar.
Cuando
esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía;
cerrábanse los hogares,
y el pobre templo se abría.
Y
detrás del Nazareno,
de la túnica morada,
iban los hombres cantando,
las mujeres rezando
y los niños observando.
Oh,
que dulce, que sereno,
caminaba el Nazareno
con la cruz al hombro echada;
con la corona de espinas,
con la frente ensangrentada.
Hoy
que con los hombres
voy viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy,
aquellos niños de ayer?
Eugenio Cuevas Movellán,
de Trillayo