Hubo quien tuvo el arresto y la
temeridad de ubicar en Liébana el Paraíso Terrenal
(José María Ribero en su libro "Cantabria,
cuna de la humanidad"); sin querer entrar en detalles
de esta sorprendente, sugestiva, y con visos de ser irreal, aseveración,
lo que sí es seguro es que el paraíso tenía
que parecerse en mucho a esta tierra. En referencia a Bedoya el
río que atraviesa el valle, el río Santo, sería
el Jordán, Toja correspondía a Troya...; en fin,
vamos a remontarnos a otro período que sí parece
más ajustado a la realidad: la etapa de los romanos.
El
jesuita Eutimio Martino en su libro "Cántabros
y Astures contra Roma", nos narra que en las estribaciones
de Peña Sagra se libraron importantes combates entre los
últimos habitantes cántabros que faltaban por dominar
y las legiones romanas. Los cántabros se distinguían
por su valentía; eran hombres intrépidos, agrestes
e independientes, encerrados en sus tribus y muy celosos de su
independencia; para defenderse empleaban la táctica de
la emboscada y la guerrilla.
No es descabellado el imaginarles corretear y contender por la
Mesa, Buzneo, Poda, Pasaneo..., donde aún se conserva un
trozo de una calzada romana, y por supuesto por la Braña
de los Tejos....allí se incrustarían entre las colosales
y rectangulares rocas superpuestas unas a otras; algunas abrazadas
por las retorcidas raíces de los centenarios, algunos milenarios,
tejos que adornan tan singular paisaje.
Allí, donde nada sobra
y nada falta, cuenta la Historia que los aferrados cántabros
lucharon denodadamente ante el invasor romano y antes de sucumbir
ante él, prefirieron envenenarse con los tejos, ya que
éste árbol, excepto sus rojas bayas, es tóxico
tanto para el hombre como para los animales, aunque los rumiantes
lo toleran algo.
Dejando discurrir
la historia nos remontamos al siglo XIV donde el libro "el
Becerro de las Behetrías" nos dice que este lugar
es del Obispo de Palencia. El Marqués de la Ensenada, año
1.752, ya nos dice que este territorio pertenece al Duque del
Infantado y al Obispo de Palencia, como Conde de Pernía.
De esta manera los habitantes del valle tenían que contribuir
con el diezmo de los frutos, percibiéndolos el Obispo de
Palencia, los canónigos de San Salvador de Cantamuda y
los ecónomos de las tres parroquias del valle: San Pedro,
Salarzón y Cobeña.
Desde
tiempos inmemoriales se rigen, y aún perviven, algunas costumbres
jurídicas tradicionales: la asamblea, el concejo, integrado
por todos los vecinos se encargaba de la gestión y ordenación
de la comunidad mediante las Ordenanzas del año 1.672. El
concejo nominaba a sus representantes de una forma democrática,
y su punto de reunión se encontraba, y aún se encuentra,
en Esanos junto a la ermita de Nuestra Señora de los Angeles.
Aquí, cada año, se juntaban los vecinos para nombrar
a tres regidores: dos por los “hijosdalgo” y otro por
el pueblo “llano”.
Ellos eran los encargados de regir
el Concejo, de mirar por las pertenencias públicas (la
fragua, la tejera, la taberna, el libro de las Ordenanzas, fincas
propias del Concejo, juego de pesas y medidas, dos cajas de vasos
de plata para las grandes ocasiones, etc.), y sobremanera exigir
que todos cumplieran y observaran las leyes vigentes, mirando
por el orden interno y buen comportamiento vecinal, castigando
a quienes quebrantaren dichas leyes, además de protegerse
de los daños causados por los animales tanto del valle,
como de los pueblos cercanos, nombrando un guarda que en alguna
ocasión llegó a ser jurado con su arma reglamentaria.
Entre los hombres ilustres
sin duda hay que citar a los Condes de la Cortina, grandes benefactores
del valle. Ellos fundaron la “Obra
pía”, que consistía en destinar
los réditos de su hacienda en Madrid, en la finca la “Esgarabita”,
entre los vecinos más pobres del valle.
Como visitantes egregios destaca
la presencia en el valle de dos Reyes: El 21 de Agosto de 1.882
el Rey Alfonso XII estuvo en una cacería de osos, después
de pasar los días anteriores por los Picos de Europa cazando
rebecos. Posteriormente a principios del mes de Septiembre de
1.905 el Rey Alfonso XIII llegó al valle por el mismo motivo
que su antecesor. Tenía entonces 19 años y en la
referida cacería no se cobró ninguna pieza.

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